martes, septiembre 1, 2026
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Aunque es pobre la morada – Columna Chema Rosas

Además del obvio calendario, uno puede asentir que se aproxima la magia de la navidad por algunos indicadores infalibles:

  1. Desde mediados de noviembre los supermercados empiezan a vender decoración navideña, cajas de despensas (de esas que están llenas de cosas que los empleadores jamás consumen, pero compran para los empleados) y botellotas de 8 litros de sidra Pelayo.
  2. La sobremesa familiar es invadida por la pregunta “¿Qué vamos a hacer en navidad?” lo que obliga a las cabezas de familia a hacer la misma pregunta incómoda a sus pares. Es el inicio de una reacción en cadena que a su paso deja en evidencia rencillas familiares de las que nadie hablaba durante el año, críticas culinarias del engrudo que una de las tías quiso disfrazar de relleno de pavo hace cinco años y cualquier tipo de discusiones que tendrán su clímax la tarde antes de nochebuena.
  3. El paisaje sonoro se ve invadido de esas aberraciones musicales y letrísticas llamadas erróneamente villancicos.
  4. En todas las familias, grupos de amigos, comunidades vecinales y empresas surge alguien que propone organizar “la posada”.

Aquí se hace necesaria cierta desambiguación del término, ya que alguien ajeno a la tradición católica podría confundirse. Si bien el diccionario define posada como un establecimiento de hostelería para dar albergue y comida a viajeros, en este caso se trata de una representación para conmemorar la noche que José y María viajaron de Nazaret a Belén para cumplir con sus obligaciones fiscales, tocaron varias puertas para que les dieran alojamiento pero todo lo que consiguieron fue un establo para que ahí, entre un buey y una mula, naciera el niño que después sería más famoso que los Beatles.

Ese momento, que debió ser algo incómodo durante la infancia de Jesús (o una anécdota divertidísima que contarían sus papás cada Janucá), se conmemora en México desde la colonia, mediante una recreación del momento en que la pareja embarazada es rechazada por varios aldeanos desconfiados hasta que los acepta una familia pobre.

En teoría las posadas tradicionales se realizaban en las iglesias, y durante nueve días se celebraban cantos religiosos y rezos hasta llegar a la noche del 24 de diciembre. Con el paso de los años dejaron de realizarse en los templos y se organizaban en las calles y en las casas de los fieles. Los cantos religiosos fueron sustituidos por guitarras y tololoches de la localidad y el vino de consagrar se transformó en ponche, y el ponche en bebida alcohólica gracias al milagrito del piquete.

Sin ser un experto en tradiciones e historia sacra, treinta y tres años de experiencia acudiendo a posadas me respaldan, y puedo asegurar que para que una posada se pueda llamar así, debe contar con la mayoría de los siguientes elementos:

  • Niño disfrazado de José. A él se le reconoce porque tiene barba de candado color café, pintada con el delineador de ojos de una tía, un trapo verde arriba de la cabeza y porta un palo de escoba que es algo así como su bastón.
  • Niña disfrazada de María. Es la prima que todos chulean. Tiene un velo azul cielo en la cabeza y las manos pegadas en oración. Si alguien tiene problema en encontrarla sólo tiene que ubicar a su mamá detrás de ella, preocupada porque no trae suéter encima del disfraz que le queda tan bonito.
  • Tía organizadora. Es la encargada de decidir quiénes serán los aldeanos malvados, de qué lado es adentro de la casa y de qué lado es afuera. Sin ella nadie sabría qué parte le toca cantar y cuándo pero, mucho más importante, es la que reparte las velitas.
  • Velitas: Son palitos de cera que encapsula un pabilo de algodón. Los profesionales de las posadas le ponen un pedazo de papel para no quemarse, y mientras ocurre la posada es la misión personal de cada uno de los participantes que no se apague. Son un elemento fundamental porque le da algo que hacer a aquellos que no están en el radar de la tía organizadora.
  • Tío que canta fuerte. No se atreve a hacer el chiste completo por miedo a la tía organizadora y a la señora que reza, sin embargo le imprime unos decibeles extra y notas de humor a sus participaciones.
  • Señora que reza. Esa que no necesita hojita para saber qué cantar y en qué momento se reza el avemaría y el padre nuestro combinado con otras oraciones exclusivísimas de la temporada. Este elemento es importantísimo y un recurso cada vez más escaso si lo que se quiere es tener una posada religiosa tradicional.
  • Niño que se queda confundido porque no sabe qué es un tunante y por qué no lo dejarían pasar… o por qué la morada es pobre y además de ese color.

Últimamente he notado que a cualquier fiesta con ponche y piñata se le llama posada, tal vez sea porque las tías prefieren organizar otras cosas o se están acabando las señoras que rezan. Imagino que esto es un fuerte golpe a la industria de las velitas y las fotocopias, pero sobre todo a la tradición de tocar puertas que sabes que no te van a abrir, irte desconsolado y celebrar que te aceptaron en un pesebre… para luego quejarse todos juntos y en familia de lo mal que cantan todos.

Contacto: notengomeil@gmail.com

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