La han contado tantas veces, cientos afirman que le vieron y muchos más que la escucharon, esto último sería lo más probable.
Mi padre me contó la historia a mí, a él su padre y a mi abuelo el suyo, es una historia que ha pasado de una generación a otra, nadie sabe quién fue el primero que la narró. Muchos le han cambiado comas y puntos, añadiendo fantasía y horror por partes iguales.
Transcurría el primer siglo de dominio español, los indígenas se iban acostumbrando a la presencia de los peninsulares y sobre todo, iban entendiendo cuál era su lugar en la Nueva España. La ciudad de México crecía con la llegada de más españoles al nuevo mundo. Uno de los llegados fue Rodrigo de Ojeda.
Rodrigo de Ojeda, llegaba a la Nueva España para formar parte del ayuntamiento, soltero y de buen porte, no tardo en verse asediado por las mujeres que buscaban un marido e incluso las mujeres indígenas, tentaban la suerte sonriéndole al verse pasar.
No era secreto para nadie que gustaba de cortejar a las mujeres, incluso se rumoraba que unos críos jugaban cerca de Texcoco y que esos pequeños llevaban sus ojos.
Isabel, hija de un comerciante, parecía ser el final de la suerte de amores de Ojeda. Tanto va el cántaro a la fuente, que la joven Isabel quedó preñada y no era lo mismo dejar a una “india” a su suerte con un bastardo en las entrañas que a una peninsular cuyo padre podría mandarte a la tumba. Ojeda no tuvo más remedio que formar familia con Isabel. Aunque improbable, fruto de un matrimonio obligado, nacieron dos hijos: Rodrigo y Fernando.
Cualquier buen cristiano se hubiese dedicado enteramente a su hogar, a ver crecer a sus hijos, esperando el momento en que le llegase la muerte y esperar haberlo hecho bien para que sus hijos le acompañen en los últimos momentos. No, Ojeda seguía visitando mujeres de aquí y allá, poco le importaba lo que su mujer tuviese que decir y respecto a su suegro, el viejo murió meses después del nacimiento de su segundo hijo.
Isabel se encontraba ofendida, su marido regresaba a casa, si es que lo hacía, oliendo a perfume y lujuria. Constantes desencuentros se dieron entre la pareja y en más de una ocasión, Ojeda alzo su brazo para dar un golpe a su mujer, la última ‘reprimenda’ que dio a sus mujer fue tal que ella no encontró forma alguna de perdonarlo. Isabel se miró en el espejo, el ojo se encontraba amoratado y los labios partidos, la sangre que le salía de la nariz le dejaba un extraño sabor en la garganta – ¡maldito, te odio!- fue un susurro que en su interior parecía un grito.
Después de una noche de tragos, cuando Ojeda regresó a su casa, se imaginaba que se encontraría con su mujer y que estaría dispuesta a pelear. La casa se encontraba en penumbras, una palmatoria se encontraba a la alcance con la vela encendida. Ojeda vio esto como una buena señal. El infeliz de Ojeda había dado solo unos pasos dentro de su hogar cuando un golpe seco le hizo caer de rodillas, Isabel le había esperado, cuchillo en mano. Fueron tantas veces las que apuñaló a su marido que Isabel quedó exhausta.
-¿Qué va a pasar conmigo?- se preguntó al terminar su venganza -¿Qué pasará con mis hijos?- la respuesta le vino rápido, sería juzgada y condenada a muerte o repatriada, teniendo que dejar a sus hijos en manos de alguna orden religiosa. Pensarlo le resultó intolerable.
Tomó a sus dos hijos y salió decidida a escapar de la ciudad, le basto llegar a Xochimilco para darse cuenta que no podría hacerlo ¿A dónde iría? ¿Con quién podría acudir? Los pequeños se encontraban cansados, dormidos aun. Por un momento, respiró el helado aliento de las aguas y sin entender que le obligaba a hacerlo, arrojó uno a uno, a sus hijos al lago. Escuchó el golpe del agua, los intentos por salir a flote y después un silencio sepulcral. Entonces Isabel se internó en el agua hasta quedar completamente sumergida y no dejar solos a sus hijos.
Una fuerza extraña le sacó del agua, al ver a su alrededor vio una luz que confundió con el amanecer y el arrepentimiento se enterró en su corazón. Golpeó el agua con furia, desesperadamente intento removerla para buscar a sus hijos pero no se encontraban ahí, la luz no era el amanecer, era Dios que la castigaba por su crimen. Isabel yacía en el fondo del agua, condenada a pagar por su filicidio, vagando sin descanso en busca de sus hijos, rogando un perdón que no llega, odiando eternamente a su esposo y así misma.
-Mis hijos… ¡Ayyyy mis hijos!-




