Desde la cima de Los Castillos, León parece un mapa perfecto donde se presume la Presa del Palote y el cielo del Festival Internacional del Globo.
Sin embargo, la otra realidad se compone de medio siglo sin escrituras, servicios a medias y el esfuerzo diario de subir una cuesta que el tiempo y las autoridades parecen haber olvidado.
Así es vivir en la cima de León.
Para llegar a los Castillos es necesario desplazarse por el bulevar Hidalgo. El entorno cambia cuando uno se adentra en el polígono de desarrollo: ya no hay pavimento, ni tampoco cadenas de restaurantes, ni tiendas de convivencia. Todo lo urbano cede el paso a lo rural. Surgen los riachuelos, los árboles frondosos, el correr del agua y el cerro crece más y más.
Las primeras casas que se encuentran cerca del bulevar y a las faldas del cerro, son las más fáciles de acceder.
Pero, mientras más se camina y se asciende, empiezan los retos… que van desde subir y subir, hasta acceder a servicios básicos. Los senderos son irregulares, pero la vista es prodigiosa. León luce pequeño y el cielo, inmenso. Desde lo alto se ven los diferentes estratos socioeconómicos leoneses.
Entre los caminos hay algunas casas cuyos habitantes tienen décadas radicando allí. Aunque el panorama es genial, existen otras dificultades.
María de la Luz vive en la calle Cultura Maya, que más bien es un sendero. La zona forma parte de la Colonia Paso del Río, que converge en los Castillos. Algunos tienen drenaje. Otros no. Otros sí tiene agua. Lo que a la gran mayoría de residentes les falta, son escrituras.
“Rara vez viene la autoridad” señala María de la Luz. “Mis papás tienen 50 años viviendo aquí, y nos hemos acostumbrado a subir y bajar. Conforme más edad tiene una, más complicado se vuelve. Sobre todo llevar a los niños en la mañana en la madrugada, cuando todo está oscuro”.
Muchos vecinos hacen la lucha diaria desde sus trincheras. Ya sea trabajando o bien, buscando la forma de que su colonia se regularice. Así es vivir en la cima.




