
Hay un silencio muy extraño cuando termina un Mundial.
No es el silencio del estadio después del silbatazo final.
Es el que se siente al día siguiente.
Cuando despiertas y recuerdas que ya no habrá otro partido. Que ya no volverás a revisar el calendario para ver a qué hora juega México. Que ya no habrá nervios antes del himno, ni gritos de gol, ni esa ilusión infantil de pensar que esta vez sí podía pasar.
Y entonces entiendes que lo que realmente terminó no fue un torneo.
Terminó un sueño.
Ayer México quedó eliminado frente a Inglaterra.
Sí, duele. Claro que duele. Porque cuando el árbitro marcó el final, no solo acabó un partido de fútbol. También terminó el mes más bonito que me ha regalado este deporte.
Hace apenas unas semanas estaba escribiendo sobre cómo un Mundial había cambiado mi vida. Sobre aquel niño que en Rusia 2018 vio junto a su abuelo a México derrotar a Alemania. Sobre el joven que en Qatar volvió a enamorarse del fútbol gracias al viaje de Lionel Messi. Sobre ese estudiante que entró a la universidad sin saber qué quería hacer con su vida y que, cuatro años después, estaba cubriendo una Copa del Mundo.
Jamás imaginé que el siguiente capítulo sería una despedida.
Pero también entendí que las mejores historias no siempre terminan levantando un trofeo.
Porque si algo me dejó este Mundial fue mucho más grande que un resultado.
Gracias a esta Selección cumplí uno de los sueños más importantes de mi vida.
Pude cubrir la inauguración de una Copa del Mundo en mi país.
Vi por primera vez el Estadio Azteca vestido de Mundial.
Caminé entre miles de personas que, como yo, solo querían ser parte de la historia.
Fui entrevistado por una televisora árabe —todavía sigo sin entender por qué—, me tomé una fotografía con John Sutcliffe, vi al Chaco Giménez llegar en una patrulla como si fuera la cosa más normal del mundo y confirmé que los Mundiales son capaces de convertir cualquier día en una historia imposible de inventar.
Pero nada supera lo que pasó dentro de la cancha.
Porque por primera vez en mi vida vi a México ganar un partido de eliminación directa en una Copa del Mundo.
Crecimos escuchando que México siempre se quedaba a la orilla.
Que el famoso quinto partido era una maldición.
Que soñar era peligroso porque la realidad siempre terminaba despertándonos.
Esta generación decidió ignorar todo eso.
Nos hizo creer.
Nos hizo dejar de hablar del fracaso para empezar a imaginar una semifinal.
Nos hizo discutir posibles rivales en lugar de calcular cuándo regresaríamos a casa.
Nos hizo pensar, aunque fuera por unos días, que México podía competir con cualquiera.
Y eso no tiene precio.
Jamás olvidaré el Mundial que jugó Julián Quiñones.
Qué manera de ponerse la camiseta.
Qué manera de correr.
Qué manera de pelear cada balón.
Parecía que llevaba toda la vida esperando ese momento. Cada partido fue una demostración de carácter, de personalidad y de hambre. Fue, sin duda, un Mundial de diez.
Y tampoco olvidaré a Raúl Jiménez.
Después de todo lo que le tocó vivir en los últimos años, verlo dejar absolutamente todo por esta selección fue imposible de no admirar.
Cada carrera.
Cada choque.
Cada balón dividido.
Cada esfuerzo.
No jugó con las piernas.
Jugó con el corazón.
Y eso, en un Mundial, vale muchísimo más que cualquier estadística.
Ayer, cuando terminó el partido, lloré.
No lloré solamente porque México había quedado eliminado.
Lloré porque sentí que estaba despidiéndome del mejor mes de mi vida.
Del mes en el que descubrí que los sueños sí se cumplen.
Del mes en el que cubrí un Mundial en mi país.
Del mes en el que vi a millones de mexicanos abrazarse en las calles creyendo que todo era posible.
Del mes en el que el fútbol volvió a unir a un país que tantas veces parece dividido.
Hoy duele.
Y probablemente seguirá doliendo durante varios días.
Pero curiosamente, por encima de la tristeza, siento algo mucho más fuerte.
Gratitud.
Gracias.
Gracias por hacerme vivir una cobertura que algún día les contaré a mis hijos.
Gracias por devolvernos la ilusión.
Gracias por demostrar que el fútbol todavía puede hacer feliz a un país entero.
Gracias por regalarme recuerdos que voy a guardar toda la vida.
Porque quizá México no levantó la Copa del Mundo.
Pero durante un mes entero nos hizo caminar con la cabeza en alto.
Nos hizo creer que sí era posible.
Y aunque el sueño terminó demasiado pronto…
Nunca voy a arrepentirme de haber creído.
Porque hay derrotas que duelen.
Pero también hay equipos que, incluso perdiendo, terminan ganándose un lugar para siempre en el corazón de un país.
Gracias por todo.
Y sobre todo…
Gracias por hacernos creer.




