
Cuando se habla de historias de crímenes mediáticos, lo primero que al lector le pasa por la mente son los tan socorridos asesinos seriales y los atracos espectaculares, pero suele quedar relegado un tema muy serio y lacerante: qué en muchas ocasiones, quienes atentan contra seres humanos no son monstruos enmascarados con camisas manchadas de sangre y blandiendo machetes, sino políticos, burócratas, médicos y altos funcionarios: se trata de los llamados crímenes de Estado.
En este mes del orgullo, vale la pena recordar la historia de cómo se torturó a uno de los hombres más brillantes en la historia de Inglaterra: Alan Turing.
Como todas las historias narradas en esta columna desde 2020, el caso arranca con un crimen, cuando en 1952 en Manchester, Inglaterra, un hombre denuncia que entraron a su casa a robar.
La situación no fue menor, pues el denunciante no era otro sino Alan Turing, de 39 años.
Hoy lo recordamos como el padre de la computación moderna, cuyos estudios nos están otorgando lo que actualmente conocemos como inteligencia artificial. Por si eso fuese poco, ayudó a ganar la Segunda Guerra Mundial liderando el grupo die descifró los códigos nazis generados por la máquina Enigma. No era cualquier víctima de robo, sino uno de los seres humanos más brillantes de Reino Unido y sin duda, del mundo y la historia del siglo XX.
En un principio, las autoridades británicas creyeron que podía tratarse de un espía, después de todo el matemático era un genio, y nadie descartaba que, en los tiempos de la Guerra Fría, colaborase con los soviéticos. En un afán porque se esclareciera el robo, Alan dijo la verdad: era homosexual, y salía con un joven de 19 años llamado Arnold Murray, quien conocía al responsable de la irrupción a su hogar.
Lo que hoy en día pudiera ser una situación habitual ante cualquier central de policía o ministerio público, se convirtió en uno de los mayores escándalos de la época.
CONDENA
En aquellos años, ser homosexual en Inglaterra se consideraba un delito grave, y eso estaba en su legislación, concretamente en la Ley de Enmienda del Derecho Penal de 1885, la misma que había condenado a otro genio británico como Oscar Wilde.
Turing hizo lo que cualquiera habría hecho: contrató un abogado y apeló en un juicio, pero este decidió “reservarse la defensa”, es decir, no argumentó nada.
El juez le dio a elegir: o dos años de cárcel, o libertad condicional… pero debía someterse a tratamientos para “curar su homosexualidad”.
Aquí es cuando empieza el auténtico crimen de estado. Al gobierno inglés no le importó que el genio y académico evitase dos años de guerra con la resolución de los códigos nazis, ni que sus estudios se adelantaran más de medio siglo a la informática actual. Para ellos, solamente era un humano despreciable debido a su orientación.
Era cierto que Turing era un hombre soberbio y pedante y por tanto, tenía muchos enemigos, pero nadie negaba su excentricidad. Sentía un gusto por las manzanas, y adoraba la historia de Blancanieves.
El tratamiento destruyó a Alan. Primero fue una castración química, lo que afectó su estado emocional. Además, le prohibieron la entrada a países como Estados Unidos. Arnold Murray salió en libertad tras el juicio.
La noche del 7 de junio de 1954 Turing no pudo soportarlo más. inyectó cianuro en una manzana y la mordió.
Hoy en día, las erróneamente llamadas terapias de conversión (porque se trata de torturas sistémicas, de ‘terapia’ nada tienen) están prohibidas. En Guanajuato, ya están tipificadas como delito. Sin duda, muchos jóvenes podrán continuar con el legado de gente como Alan Turing u Oscar Wilde, brillando en las tecnologías de la información o la literatura. La película ‘The imitation game’ plasma muy bien este caso.
Para concluir, basta recordar que no fue sino hasta 2013 que la Reina Isabel II ofreció un perdón póstumo, reconociendo su inmenso legado.



