jueves, agosto 27, 2026
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YO ESTUVE AHÍ

Por Kaleb Sotelo

Hay momentos que te cambian la vida.

Y no hablo de los grandes eventos históricos que aparecen en los libros. Hablo de esos momentos que, sin que te des cuenta, terminan dividiendo tu vida en un antes y un después.

Para mí todo empezó un 18 de junio de 2018.

México contra Alemania.

El Chucky Lozano corriendo hacia la portería.

Y mi abuelo sentado junto a mí.

Rusia 2018 fue el primer Mundial que viví realmente. El primero que seguí completo. El primero que compartí de principio a fin con la persona que más amé en este mundo.

Nadie esperaba que México le ganara a Alemania. Seamos honestos. La mayoría estábamos rezando para que no nos metieran cuatro.

Y de repente llegó el gol.

El grito.

La locura.

La sorpresa de ver a México derrotar al campeón del mundo.

Pero cuando recuerdo aquel partido no recuerdo únicamente el gol del Chucky.

Recuerdo a mi abuelo.

Porque Rusia 2018 terminó siendo también el último Mundial que vi con él.

La vida tiene esa mala costumbre de seguir avanzando.

Y cuando llegó Qatar 2022, mi abuelo llevaba apenas unos meses de haber fallecido.

No quería saber nada del fútbol.

Nada.

No me emocionaba.

No me interesaba.

No encontraba el sentido de sentarme frente a una televisión para ver un partido.

Algo dentro de mí se había apagado.

Hasta que apareció Lionel Messi.

No sé por qué.

Quizá porque era su última oportunidad.

Quizá porque las historias imposibles siempre me han gustado.

Quizá porque necesitaba creer en algo.

Y entonces me levanté a las cuatro de la mañana para ver perder a Argentina contra Arabia Saudita.

La peor inversión de sueño de mi vida.

Pero curiosamente fue el inicio de algo mucho más grande.

Porque mientras avanzaba el Mundial, mientras veía a Argentina levantarse una y otra vez, algo dentro de mí también comenzaba a levantarse.

La final contra Francia terminó de romper el muro.

Aquel partido pudo haberme provocado tres infartos y dos divorcios aunque ni siquiera estoy casado.

Cuando Argentina salió campeona lloré.

Y lloré mucho.

No solamente porque Messi había ganado.

Lloré por todo lo que llevaba guardado.

Por mi abuelo.

Por el dolor.

Por la ausencia.

Por entender que podía seguir amando este deporte aunque ya no pudiera compartirlo con él.

Y tres años y medio después…

Aquí estoy.

Ciudad de México.

Mundial 2026.

Mi país inaugurando una Copa del Mundo.

Todavía me cuesta escribirlo sin que me tiemblen las manos.

La travesía empezó dos meses antes.

Pobrecita de mi mamá.

Durante semanas la estuve molestando con exactamente el mismo tema.

«¿Y si me mandan?»

«¿Y si sí me acreditan?»

«¿Y si cubro el Mundial?»

«¿Y si me toca ir?»

Yo creo que durante un mes entero no hablé de otra cosa.

Hasta que un día dejó de ser una fantasía.

Y se convirtió en una cobertura.

El 10 de junio emprendí el viaje desde León.

Cinco horas en camión.

Cinco horas sufriendo.

Porque viajar en autobús es una actividad creada por alguien que claramente odiaba la espalda humana.

Yo no puedo dormir en camiones.

Jamás.

Salgo más torcido que un Cheeto.

Llegué al hotel.

Dejé la maleta.

Fui a caminar al Ángel de la Independencia.

Tomé fotos.

Turisteé un poco.

Y aun así no me caía el veinte.

No entendía dónde estaba.

No entendía lo que iba a pasar al día siguiente.

A las seis de la mañana sonó la alarma.

Metro.

Transbordos.

Líneas cerradas.

Uber.

Más tráfico.

Más vueltas.

Más kilómetros.

Más caos.

La experiencia completa de la Ciudad de México.

Pasamos por Ciudad Universitaria.

Un estadio hermoso.

Una arquitectura espectacular.

Y también un aroma muy característico que me hizo confirmar que efectivamente estábamos cerca de la UNAM.

Digamos que el olor a hierba mágica estaba realizando un excelente trabajo de orientación geográfica.

Finalmente llegamos a las inmediaciones del Azteca.

Y ahí empezó la locura.

Miles de personas.

Miles.

Gente de todos lados.

Banderas.

Playeras.

Cánticos.

Familias.

Turistas.

Periodistas.

Locos.

Muchos locos.

Y entre todo ese caos me ocurrió algo que jamás pensé vivir.

Una televisora árabe me entrevistó.

Sí.

A mí.

No sé cómo.

No sé por qué.

No sé qué vieron en un periodista de León que llevaba horas caminando bajo el sol y ya parecía camarón cocido.

Pero de repente estaba respondiendo preguntas para una cadena árabe.

El momento más surrealista de toda mi existencia.

Mi abuelo seguramente estaba muerto de risa viendo aquello desde donde esté.

Pero la cosa no terminó ahí.

Minutos después terminé tomándome una foto con John Sutcliffe.

Y cuando pensé que la situación ya no podía ponerse más extraña, apareció el Chaco Giménez.

¿Llegando en un autobús?

¿En una camioneta?

No.

En una patrulla.

En una maldita patrulla.

Porque aparentemente la inauguración de un Mundial en México funciona bajo reglas que nadie entiende.

Yo solamente veía todo aquello y pensaba:

«¿Qué demonios está pasando?»

Y la respuesta era sencilla.

Estaba viviendo un Mundial.

El primero.

El mío.

El Azteca apareció frente a mí.

El estadio que había visto toda mi vida por televisión.

El estadio de Pelé.

El estadio de Maradona.

El estadio del 86.

El estadio de los sueños.

Y la primera vez que lo conocí fue durante la inauguración de una Copa del Mundo.

No sé si algún día podré dimensionar eso.

Hice transmisiones.

Grabé videos.

Tomé fotografías.

Corrí de un lado para otro.

Trabajé como nunca.

Y terminé con ampollas en los pies.

Pero hay una frase que me encanta.

Si después de una cobertura no terminas completamente cansado, probablemente no hiciste bien tu trabajo.

Y vaya que terminé cansado.

México ganó 2-0.

La ciudad explotó.

El Ángel de la Independencia se convirtió en una fiesta imposible de describir.

Medio millón de personas.

Quizá más.

Todos felices.

Todos abrazándose.

Todos creyendo.

Y fue ahí donde entendí algo.

México es un país lleno de problemas.

De injusticias.

De dolor.

De enojo.

De razones para rendirse.

Pero de alguna manera once tipos usando una playera verde consiguen que millones de personas vuelvan a creer.

Eso hace el fútbol.

No arregla nada.

Pero durante noventa minutos hace que un país entero sueñe.

Hace que todos miremos hacia el mismo lado.

Hace que por un instante seamos felices.

Cuando regresé al hotel estaba destruido.

Apestaba.

Tenía polvo hasta en lugares que desconocía.

Me dolían los pies.

Me dolía la espalda.

Me dolía todo.

Pero puse la repetición del partido.

Y cuando sonó el Himno Nacional lloré.

Porque yo había estado ahí.

Quizá no dentro del estadio.

Pero estuve ahí.

Formé parte de ese momento.

Y cuando vi el gol de Raúl Jiménez entendí algo más.

Vi a un hombre que venía cargando dolor.

Críticas.

Presión.

La pérdida reciente de su padre.

Y aun así encontró una manera de levantarse.

Y cuando gritó ese gol lo gritó con el alma.

Como alguien que había sobrevivido.

Como alguien que había resistido.

Como alguien que finalmente podía respirar.

Y me identifiqué.

Porque durante años yo también me había sentido así.

Perdido.

Agotado.

Sin rumbo.

Hace cuatro años entré a la universidad sin saber qué estaba haciendo.

Hoy soy periodista.

Hoy cubrí la inauguración de un Mundial.

Hoy cumplí uno de mis mayores sueños.

Y cuando pienso en todo el camino recorrido, lloro.

Porque recuerdo a ese Caleb que estuvo a punto de rendirse.

Porque recuerdo a las personas que me ayudaron.

A mis padres.

A mi familia.

A mis amigos.

A mi pareja.

A mis compañeros.

A mi mentor.

A mis abuelos.

A todos los que estuvieron cuando yo no sabía si podía lograrlo.

Y porque sé que sin ellos jamás habría llegado aquí.

Algún día tendré hijos.

Quizá nietos.

Y cuando me pregunten dónde estaba durante el Mundial de 2026 podré responder con orgullo.

Yo estuve ahí.

Yo caminé esas calles.

Yo viví esa locura.

Yo cubrí ese Mundial.

Y aunque todavía me cuesta creerlo, por primera vez en mucho tiempo entendí algo.

Los sueños sí se cumplen.

A veces tardan.

A veces duelen.

A veces parecen imposibles.

Pero se cumplen.

Y si pude llegar hasta aquí, entonces las metas que vienen ya no parecen tan lejanas.

Porque después de todo lo vivido, después de todas las caídas, después de todo el camino recorrido…

Yo elijo creer.

Como millones de mexicanos.

Como aquel niño que veía el Mundial con su abuelo.

Como aquel universitario que no sabía hacia dónde iba.

Como aquel periodista que un día apareció siendo entrevistado por la televisión árabe afuera del Azteca.

Yo elijo creer.

Porque la primera ya duerme en Teotihuacán.

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