El grito
16 de septiembre, 1810. Pueblo de Dolores, Guanajuato.
La noche anterior había sido terrible. Comenzó con traiciones, idas de lengua, detenciones de camaradas, órdenes de arresto, un peculiar desencuentro marital, un jinete que sale a todo galope a plena noche y la reunión urgente entre un cura bribón con un capitán que los tenía demasiado grandes. Y como si las cosas no estuviesen ya jodidas, al cura se le ocurre decir eso de –señores, estamos perdidos- lo dijo susurrando –no hay más remedio que ir a coger gachupines- eso lo dijo bien clarito.
Habíamos trabajado por meses, desde antes que a la gente de Valladolid les echaran el guante, en cuestión de semanas íbamos a levantarnos en armas, arrestaríamos a los españoles y poco a poco nos apoderaríamos de la Nueva España, esto en teoría, en la realidad tendríamos la consigna de luchar a muerte hasta que los gachupines no tuviesen más remedio que rendirse. Pero unos mal nacidos nos delataron.
Con todo en contra, tres hombres se decidieron a empezar la guerra ellos solos; Miguel Hidalgo, un cura de pueblo, Ignacio Allende, capitán de granaderos del regimiento de la reina y Juan Aldama, capitán del Regimiento de Dragones de la Reina Provincial de San Miguel el Grande.
Ya en la calle, Hidalgo supo que necesitaba conseguir hombres como fuese y el primer lugar que le vino a la cabeza fue aquel donde todos pierden la esperanza. Los celadores se encontraban sobre la misma rutina, echando cartas para pasar la noche o lanzando miradas a las celdas entre una cabeceada y otra, ahora imaginen nada más, ver aparecer al cura que te ha dado la ostia cada domingo pero esta vez sosteniendo una pistola que te apunta a la cara y gritando -¡no te muevas!- y ni modo, los celadores se quedan de piedra mientras ven aparecer al hermano del cura, don Mariano y a otros que ya le acompañan, abriendo las celdas, riéndose de los soldados que no pueden hacer nada más que obedecer y entrar a ocupar el lugar de los prisioneros.
Mientras Hidalgo se procura hombres sin nada qué perder, Allende y Aldama se fueron rumbo al cuartel más cercano, dentro había una pequeña guardia, ésta ya se encontraba comprometida con el movimiento así que sin hacer preguntas se pusieron a las órdenes de Allende.
El resto de la noche, ya con hombres, espadas, lanzas y unos cuantos fusiles, se fueron de casa en casa, tocando cortésmente y con una amenaza como invitación, se llevaron a los europeos a la prisión que recién había desocupado Hidalgo, claro que con algunos hubo que ocupar el método del culatazo, no existe nada mejor que saltarle los dientes a un gachupín para hacerle entrar en razón.
A eso de las seis de la mañana, ya se nos habían reunido más de 500 enardecidos y las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, sonaban con tal fuerza que cualquiera diría que intentaban avisarnos de un inminente desastre.
Hidalgo y Allende contemplaron a los que se encontraban dispuestos a seguirles, era su ejército, aunque sumasen apenas un pequeño batallón. Al observarles, cualquiera que tuviese tres dedos de frente, se daba cuenta que los que se reunían ambicionaban sólo la venganza y alguien debía dar sentido a las acciones de las últimas horas.
-señores- gritó el cura, alzando los brazos para que su ejército guardará silencio –vamos a quitarle el mando a los gachupines, tenemos que acabar con este mal gobierno que quiere rendirse a Francia- los de las primeras filas fueron repitiendo las palabras del cura, quien de manera asombrosa se volvía el líder de un movimiento iniciado por otros –vamos a tomar lo que es de ustedes. ¡Muera el mal gobierno! ¡Viva la América! ¡Mueran los gachupines!
Con un ejército a medio formar, salimos de Dolores, sin un camino fijo pero sí sabíamos para qué, para cobrarles las cuentas a los europeos, la luz del alba saludó a nuestro intento de libertad y ya podíamos sentirnos embriagados por los deseos de venganza, por los deseos de independencia, así empezaba la guerra.
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Un capítulo en México
SourceEl Heraldo de León
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