
Fieles a la tradición miles de familias guanajuatenses cumplieron con la celebración del 408 aniversario del Día de la Cueva y subieron hasta lo alto del Cerro de la Bufa, como lo marca esta centenaria costumbre que se ha heredado de generación en generación.
Desde la noche del jueves 30 y las primeras horas del viernes 31, miles de personas encaminaron sus pasos con dirección a este Cerro que es también el lugar donde se venera al Santo Patrono de la ciudad, San Ignacio de Loyola.
Chicos y grandes caminaron entre veredas y pendientes escarpadas, que debido a la humedad ocasionada por las lluvias complicaron más el ascenso, pero con todo y las complicaciones llegaron hasta la Cueva de los Loceros, el Picacho Mayor y la cueva donde se venera a San Ignacio.
Una mañana fresca, acompañada de los primeros rayos del sol acompañaron a las miles de personas que caminaron entre caminos fangosos y llenos de lodo, sin que eso fuera motivo para detener su marcha.
Los grupos de familias se hicieron más numerosos, conforme el día avanzó y el camino con dirección al Picacho Mayor, una cumbre situada a unos 2 mil 500 metros de altura asemejó una culebra multicolor que no paraba de recorrer las veredas.
Algunos con agua en mano y otros con cámaras y teléfonos hicieron un ascenso que tiene como principal característica el contacto con la naturaleza y la recompensa de la hermosa vista hacia la ciudad de Guanajuato.
Entre los miles de asistentes destacó la presencia de Ángel Eduardo, un joven padre de familia que de la mano de su hijo recorrió todo el camino y pidió a la gente evitar tirar basura para conservar este lugar como un espacio natural.
La mayor parte de los caminantes subieron desde la zona de subestación de la CFE hasta la Cueva de Loceros, donde algunos hicieron una pausa y esperaron la misa en honor de San Ignacio de Loyola, mientras otros siguieron hasta el Picacho Mayor.
Las miles de personas eran vigiladas por personal de la policía preventiva de la SSC y de la Dirección Municipal de Protección Civil (PC), quienes estuvieron al pendiente de cualquier situación.
Entre los miles de personas sobresalieron las figuras de decenas de vendedores de agua, jugos, refrescos, alimentos y demás productos para hacer más llevadero el agotador camino y reponer fuerzas.
Miguel Montiel, un habitante de la ciudad es uno de los habituales asistentes a este festejo, el cual consideró que es uno de los más bonitos del país, por su pleno contacto con la naturaleza.
Una vez que los paseantes llegaron hasta el Picacho Mayor y la Cueva de San Ignacio inició el descenso y buscaron la sombra de algún árbol para en familia, todos juntos consumir los alimentos que prepararon en casa o que adquirieron en los puestos que se colocaron para tal fin.




