El nombre de Edmund Kemper ha quedado grabado a fuego, y de muy mala manera, en la historia de la criminología y la nota roja. Durante los años setenta deambuló por las calles de Santa Cruz, California, y asesinó a sangre fría a 8 personas, entre ellas sus abuelos y su propia madre.
Por otro lado, desde la trinchera de la justicia, Robert Ressler es alguien quien no necesita presentación: pasando a la historia como uno de los agentes más legendarios del FBI, de los años sesenta a los noventa del siglo XX se dedicó a entrevistar a cientos de criminales violentos y a estudiarlos a fondo, convirtiéndose en un experto mundial de la materia.
Sin ir más lejos, él creó el término ‘asesino serial’ y su personalidad sirvió de inspiración para infinidad de series y películas, como ‘El silencio de los inocentes’ o la serie ‘Mindhunter’.
Sobre Kemper se ha hablado, escrito y filmado mucho: era un tipo con coeficiente de inteligencia elevadísimo: de 145 y aparte medía 2 metros y pesaba 136 kilos. Su modus operandi consistía en decapitar a sus víctimas y dejar sus cabezas en lugares apartados. Estuvo preso desde los 15 años por matar a sus abuelos y tras salir libre, siguió matando.
Robert Ressler, por su parte, fue una autoridad en materia criminológica y legal. Sus libros e investigaciones han servido para conocer a los criminales violentos. Durante toda su vida, como él mismo lo ha declarado, se dedicó a luchar contra monstruos.
En los noventa se jubiló, pero siguió asesorando a policías de varios países, (entre ellos México en el caso de los feminicidios de Cd. Juárez), hasta su muerte en el año 2013.
Desde la perspectiva de la luz y de la oscuridad, cada uno de ellos fue famoso. Por eso, el encuentro que tuvieron fue memorable.
TENSIÓN
En su libro ‘Asesinos en serie’, Ressler recuerda su escalofriante encuentro con Kemper: estaba entrevistándolo por tercera vez en la prisión de Vacaville, California, en una celda estrecha y oscura. Cuando llegó el final de la conversación, el detective presionó el botón para llamar a los custodios, pero no llegaron. Obviamente, se aterró. Kemper era un psicópata muy intuitivo, y al instante se dio cuenta.
“Están haciendo cambio de turnos, tranquilo. Tardarán como mínimo veinte minutos en venir”, le dijo Edmund. “Si ahora se me cruzaran los cables la pasarías muy mal. Podría arrancarte la cabeza sin esfuerzo y ponerla sobre la mesa, sería lo primero que verían los guardias”.
Ressler intentó no demostrar miedo, pero fue inútil. Después de todo, su interlocutor era una mole de 2 metros. Le dijo que, si se atrevía siquiera a tocar a un policía de su rango lo castigarían con severidad.
“¿Y qué me van a hacer, impedirme ver la tele?”, se mofó. “Además, Si matara a un agente del FBI de tu nivel y fama me ganaría el respeto entre todos los presos”.
La tensión se hacía cada vez más y más grande, y los guardias no llegaban.
Ressler recuerda que su pulso fue a ‘mil por hora’, y que había desarrollado una especie de Síndrome de Estocolmo después de entrevistar otras veces a Kemper.
Le dijo que podría usar un objeto punzocortante, pero Kemper lo calló: él sabía que a las prisiones no dejan entrar con armas ni a los hombres de ley más experimentados. El investigador le respondió que sabía formas de defenderse, y Edmund no se contuvo en sus burlas:
“¿Eres cinta negra? ¿Aun así crees que podrían contra mí?”
Ressler puso en práctica sus tácticas de negociación que aprendió en la academia de formación de agentes en Quantico, Virginia; en las que es fundamental seguir hablando, hablando y hablando para hacer tiempo. Finalmente, llegaron los guardias.
Cuando se llevaban al asesino, este le dijo el agente: “Sabes que sólo estaba bromeando”.
Así termina una de las entrevistas más tensas entre un agente y un asesino serial. Hoy en día, a sus 75 años de edad, Kemper sigue cumpliendo sus ocho cadenas perpetuas.




