martes, septiembre 1, 2026
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Cazador de monstruos

El acto de desenterrar un cadáver y mutilarlo es uno de los crímenes más abominables que se puede concebir.

Tan sólo el Código Penal Federal de nuestro país es muy claro en su artículo 280 al señalar: “Se impondrá prisión de tres días a dos años o de 30 a 90 días multa al que oculte, destruya o sepulte un cadáver o un feto humano, sin la orden de la autoridad que deba darla o sin los requisitos que exijan los Códigos Civil y Sanitario o leyes especiales”.

Sin embargo, no siempre fue así.

En el Siglo XVIII era una actividad completamente normal, pues debido a la superstición de la época se creía que los muertos podían convertirse en vampiros, de modo que se solía desenterrar los ataúdes, extraer los cuerpos para decapitarlos y enterrarles una estaca en el corazón. Asimismo, se acusaba a la gente (sobre todo a las mujeres) de brujería, condenándolas a la hoguera.

En medio de la superstición de la época, había hombres que sabían que esas acciones no solo eran obscenas, sino criminales, y luchaban valiéndose de su conocimiento.

Uno de ellos fue el doctor Gerard Van Swieten, cuya personalidad sirvió de modelo para la creación del más famoso cazador de vampiros de la literatura: Abraham Van Helsing.

Nacido en Leiden, Holanda, el 7 de mayo de 1700, Gerard van Swieten demostró ser brillante desde muy joven, además de que su padre era amigo y mecenas de Mozart, Haydn y Beethoven.

Para 1725 ya se había doctorado, y se codeaba con las personas más talentosas e inteligentes de su tiempo.

Entretanto, la emperatriz María Teresa de Austria había subido al trono, y necesitaba que un hombre capaz se encargase de los servicios de salud y difundir el conocimiento científico.

Sin duda, Van Swieten era la persona ideal, quien formalizó cátedras de Botánica, Química y Cirugía.

En aquellos años, el temor a los vampiros era palpable.

Enfermedades como la anemia se explicaban con supuestos bebedores de sangre inmortales, de modo que la gente desenterraba a los muertos y les cortaba la cabeza, los quemaba, o les atravesaba una estaca de roble en el corazón.

Preocupada por una práctica tan aberrante, la emperatriz comisionó a Van Swieten para investigar sobre el caso, quien recorrió los más ocultos poblados de su país.

El médico llegó a la conclusión de que los vampiros no existían, y emitió el informe ‘Tratado sobre la existencia de fantasmas, junto con un apéndice sobre la tradición del vampirismo’ donde aclara que los chupasangres eran en realidad cuestiones muy naturales, como la fermentación de los cadáveres o enfermedades como la porfiria o anemia.

Así fue como la emperatriz María Teresa emitió un decreto en el que se prohibía a los lugareños abrir tumbas y profanar los cadáveres.

Pero esa no fue la única pelea de Van Swieten contra la superstición disfrazada de lo sobrenatural.

FALSA BRUJA

En aquellos años era ‘normal’ que la magia negra se considerase un verdadero crímen. Incontables mujeres fueron quemadas por ser consideradas brujas y quemadas vivas.

Una de ellas fue Magda Logomer, talentosa herbolaria a quien su vecino la acusó de practicar hechicería.

Tal como se habituaba en la época, fue llevada a juicio, pero tuvo la suerte de que su caso lo investigara Gerard Van Swieten, quien informó a la emperatriz que Magda había sido torturada durante horas, y por eso, debido a la presión, declaró haber tenido contacto con el diablo.

María Teresa de Austria destacaría por muchas reformas, pero una de tantas fue prohibir la quema de brujas y la exhumación de cadáveres.

Sin duda alguna, los vampiros y las hechiceras habían perdido la batalla no ante el ajo, la plata o la luz del sol, sino ante la razón.

Van Swieten murió en 1772, dejando un importantísimo legado e inspirando no solo a hombres y mujeres de ciencia, sino la creación de personajes como Van Helsing, quien además de martillos y estacas, tiene el conocimiento como su mejor arma.

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