Cuando se habla de crímenes de odio y discriminación, se suele pasar por alto uno de los hechos más infames ocurridos en Estados Unidos durante los años veinte del pasado siglo, y sin duda los hechos hubieran permanecido ocultos a no ser por la admirable investigación del periodista David Grann, que tituló ‘Killers of the flower moon’ y expone la ambición y el racismo sistémico del Estados Unidos de aquella época.
La historia asemeja a una novela policiaca de intrigas con detectives, millonarios asesinos y casualidades inverosímiles, pero todo ocurrió en realidad.
Todo comienza cuando el gobierno estadounidense decidió expulsar a los indios Osage de su tierra natal a un árido terreno en Kansas, con el fin de deshacerse de ellos… pero las cosas no salieron como se esperaba. Resulta que la tierra, que aparentemente no tenía valor alguno, esteba repleta de yacimientos de petróleo. Había oro negro por doquier, lo que convirtió a los Osage en la etnia más poderosa de su país y con el tiempo, del mundo. Así, los humildes indios comenzaron a construir mansiones, comprar coches, vestir con pieles carísimas y tener a blancos por sirvientes. Aquello fue un giro inesperado.

Sin embargo, en 1921 algunos indios comenzaron a morir en súbitos accidentes. O caían de un acantilado, o eran atropellados o desaparecían. Primero se creyó que eran casos aislados, pero con el paso del tiempo de supo la macabra realidad: el gobierno, coludido con empresarios corruptos y la policía local, estaban asesinando a todos los indios para quedarse con los yacimientos. Con el paso del tiempo matarían a más de 300. Entre los vericuetos legales del gobierno, estuvo declarar a los indios menores de edad. De esta forma, debían tener por tutores a los blancos. Una idea no solo ilícita, sino humillante.
El modus operandi era simple: los blancos se casaban con las mujeres Osage y después morían en ‘extrañas circunstancias’. De esta forma, heredaban millones de dólares. Una de las mujeres que más sufrió fue Mollie Burkhart, a quien le arrebataron a sus tres hermanas: una envenenada, otra acribillada a balazos y la tercera en una explosión.
También hubo casos muy oscuros, como el del abogado W.W. Vaughan, que se enteró de todo y quiso mostrar pruebas, pero murió arrojado del tren cuando iba a la fiscalía.
AGENTE ESPECIAL
En aquel entonces, se encargó la investigación a un muchacho de 28 años que pertenecía a una oscura agencia del gobierno, quien buscó apoyo de Tom White, un valiente guardabosques.
El nombre del muchacho era Edgar Hoover, y su agencia sería conocida como el FBI. Por supuesto, alguien tan ambicioso como él no lo hacía por justicia o bondad, sino para escalar políticamente. Sin llegar a la treintena, sabía que quería poder.
La investigación sacó a la luz el nombre de William Hale, quien había llegado a los terrenos de los Osage haciéndose pasar por un don nadie, y poco a poco acaparó el control. Tenia aspecto de profesor ‘buena onda’ pero engañaba, robaba, amenazaba y mataba sin reparos. Sobre su nefasta persona, el investigador David Grann ha escrito: “el tipo más perverso y diabólico que he tenido conocimiento en mi carrera de reportero”.
El caso pareciera una película dirigida por Martin Scorsese, con sus intrigas, conspiraciones y personajes mafiosos y de hecho así es, pues este mes se estrena ‘Los asesinos de la luna’, basada en la investigación de Grann. Ojalá que la cinta resucite estos vergonzosos hechos históricos que exceden toda ficción.
¿Qué ocurrió con Hale? Fue detenido y llevado a juicio… pero sus contactos con políticos y empresarios lo dejaron en libertad. Solo fue acusado por un homicidio y murió en 1962.
El final de la historia es bastante amargo, y como decimos en México “Ni para Dios, ni para el diablo”, pues con el Crack de Wall Street y la crisis de 1929, todas las riquezas desaparecieron.



