
Por segundo año consecutivo, las personas celebraron la memoria de sus progenitoras con la respectiva sana distancia, pues los cementerios estuvieron cerrados. Esto, con el fin de evitar aglomeraciones y posteriores contagios.
Comerciantes, músicos, vendedores de flores, pero sobre todo hijos, hijas y nietos, miraron tras las rejas de los camposantos las lápidas donde sus madres descansan eternamente. Entretanto, las historias de los vivos son de constante preocupación ante la pandemia.
El Panteón San Nicolás lució vacío en un día que nunca suele estarlo. Al igual que el año pasado, y que en Día de Muertos, vallas amarillas bloquearon la calle principal. Solamente unos cuántos civiles accedieron a pie.
Ángel González tiene 81 años, y toca el acordeón. Su amigo Salvador López toca la guitarra, y tiene 71 años. Para los dos, quienes tienen gran parte de su vida dedicada a la música, no poder trabajar ni en eventos masivos ni en cementerios los meses de noviembre y mayo ha sido un verdadero problema.
“Antes era común ir al panteón a que nos contrataran”, dice Ángel. “Pero desde el año pasado nos ha ido muy mal.
De acuerdo con los agentes de tránsito que vigilaron la entrada del cementerio, mucha gente ya estaba informada de que los lugares estarían cerrados, mientras que otras solo permanecían unos minutos ante la reja y optaban por retirarse.
Paulina Estrada fue a saludar a su señora madre, acompañada de sus hijos. Para su suerte, pudo ver la tumba, que se encuentra cerca de la reja. Ella es una de muchas personas en todo León, el estado y el mundo, que se han adaptado a la nueva normalidad, ya sea en el Día de las Madres o cualquier otra fecha.




