Entre los más grandes villanos de la literatura está James Moriarty, el peor rival que haya enfrentado el detective Sherlock Holmes y su amigo, el doctor Watson. Moriarty es de día un destacado profesor de matemáticas, y de noche se transforma en “El Napoleón del Crimen”, un genio del delito que tiene una red de bajo mundo por toda Europa, y controla desde el robo de cartera más ínfimo hasta la más grande estafa. Es extremadamente culto y preparado, pero también ruin y vil.
El personaje es tan increíble que pareciera pura ficción… pero no es así. Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock, se basó en alguien real que a finales del siglo XIX e inicios del XX aterrorizó el mundo.
Su nombre fue Adam Worth y esta es su historia.
DE ALEMANIA AL MUNDO
Adam Worth nació en Alemania en 1844, siendo hijo de un humilde sastre. Desde niño se interesó por el arte, pero sus precarias posibilidades jamás le permitirían tener acceso a una educación. Por eso, en su adolescencia viajó a Estados Unidos y se enlistó en el ejército para participar en la Guerra de Secesión. Al codearse con soldados de dudosa honestidad, comenzó a aprender sobre delitos.
Worth tenía una habilidad increíble para absorber conocimientos y memorizar de todo, su ambición e inteligencia eran privilegiadas.
Tiempo después, se convirtió en desertor del ejército y comenzó, formalmente, su vida criminal. Primero comenzó desde lo más bajo: robando carteras en las calles de Nueva York. Tiempo después organizó atracos a bancos y robos a mayor escala.
Al igual que en las historias de Holmes, Worth tenía un representante de la justicia que le seguía los pasos: Allan Pinkerton, el primer detective privado de la historia. Él y su agencia recopilaban minuciosamente todo cuando hiciera el criminal, pero siempre se les escurría como grasa. Solo una vez fue capturado.
De la misma forma que Moriarty tenía a su mano derecha, Sebastián Moran, Worth tenía a Charley Bullard, un experto robando cajas fuertes que sería su aliado hasta el momento de su captura. Los dos saquearon muchos bancos en Estados Unidos, y cuando América les quedó chica, decidieron ampliar su imperio en Europa.
En Londres siguió cometiendo delitos, hasta conseguir su mayor logro: el robo del cuadro “La duquesa de Devonshire” pintado por Thomas Gainsborough. En ese momento comenzaron los conflictos internos con sus secuaces, pues ellos querían venderlo carísimo y Worth, amante del arte como era, lo quiso conservar.
Pero Worth, aunque inteligente y culto, no era infalible. Un error de cálculo lo llevaría a la justicia. Para 1892 su socio había sido capturado, y Worth trabajó con personas que ni siquiera conocía. Intentó cometer un robo a un camión con dinero, pero todo salió mal. Por fin, fue llevado ante la justicia.
El juicio fue reportado en todos los diarios de Europa, y los medios lo llamaron “El Napoleón del delito”. Conan Doyle, quien en 1893 buscaba inspiración para un antagonista de su detective, se inspiró en este hombre.
Adam fue liberado en 1897, pero pagó de la peor manera (para él) tuvo que negociar su libertad con Pinkerton devolviendo su amada pintura. Murió en la pobreza, en 1902.
En el libro “El Napoléon de los Ladrones” de Ben Macintyre, se transcribe una noticia del semanario “The sunday oregonian” publicada el 27 de julio de 1902, se habla de las andanzas y posterior captura de Worth, aclarando: “nunca fue violento, ni quiso tener tratos con alguien que lo fuera, nunca abandonó a su familia, amigos y cómplices”.
A diferencia de Moriarty, quien era verdaderamente malvado y asesinaba a sangre fría, Worth tuvo un marcado código de ética. Jamás mató y su familia ignoraba sus fechorías. Si algo bueno se pudiera decir de él, sería su curiosa escala de valores.
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