Machista patológico, periodista mercenario, alcohólico irredento, cínico brutal, mujeriego, millonario, genio.
Carlos Denegri, emblema del periodismo que dominó durante el largo régimen del PRI, inició su trepidante carrera en el sexenio del presidente Manuel Ávila Camacho (1940-46), precisamente con el bautismo de mil pesos producto del chantaje de una investigación sobre el hermano del mandatario, Maximino, gobernador de Puebla, quien tenía entre algunos de sus actos criminales haber ordenado los asesinatos del periodista Ángel Trinidad Mata y del empresario Jesús Cienfuegos.
Denegri escribió el reportaje con el entusiasmo de quien asestaría un golpe a la injusticia venal del nuevo gobierno posrevolucionario. Pero al día siguiente, en las planas del entonces glamoroso Excelsior, el trabajo no estaba.
Tras el desconcierto, el insigne reportero supera el temor y encara al director del periódico, el viejo lobo de la prensa, Rodrigo de Llano.
“¿Por qué no publicó mi reportaje? ¿Tan malo es?”, “Al contrario, es magnífico… Pero Maximino es un buen benefactor… Se gasta una millonada en desplegados y gacetillas”; “Pero todo lo que digo en mi reportaje es verdad”, insistió Denegri; “…Los periodistas debemos estar informados de todo, pero no necesariamente divulgarlo. Para serte franco, un periodista gana más dinero por lo que se calla que por hacer alharaca. En este negocio no sólo vendemos información y espacios publicitarios: por encima de todo vendemos silencio… Aquí tienes tu recompensa”.
De Llano extiende un sobre hacia su interlocutor. Eran los mil pesos del embute cobrados al gobernador para no ver publicado el reportaje.
Denegri sabría después, por boca de la secretaria, que De Llano en realidad cobró 10 mil pesos por archivar la investigación. De este modo inicia la trayectoria de “el vendedor de silencio”, título del más reciente libro de Enrique Serna (1959).
El escritor, nacido en la Ciudad de México, había demostrado ya su innegable capacidad de introducir al lector no solo en las grandes estructuras de una época -conocidas con cierta facilidad en la academia o a través del estudio particular de algún documento probado- sino en los recovecos personales de quienes la vivieron, inaccesibles al presente; en los renglones ocultos del vasto pero genérico texto escolar; y en los “movimientos del alma” (Stendhal) que, ahora perdidos en el tiempo, determinaron el “gran devenir” de la historia.
Lo hizo con su increíble novela sobre Antonio López de Santa Ana, “El Seductor de la Patria” (Premio Mazatlán 2000). Narrado en primera persona, a manera de las memorias “no conocidas” del general, el relato devela al “héroe” vituperado, enterrado por la memoria colectiva, espejo veraz, sin embargo, del México de las componendas, la corrupción y la traición política que aún existen.
En “El Vendedor de Silencio” Serna plantea un desafío mayor. Si en “En el Seductor…” el personaje detestado aparece comprensible, ganando incluso la simpatía del público, en tanto que “canalla humanizado”, resultado de una circunstancia política, a Carlos Denegri lo vemos a través del recuerdo pormenorizado de quien pareciera su amigo íntimo, un “compa”, identificado en gran medida con su visión machista, su oportunismo codicioso y su clasismo grosero.
En el actual contexto de un feminismo inédito y creciente en el país, en que parece comenzar un vuelco definitivo de los viejos y empecinados valores patriarcales, ciertos pasajes del libro pueden calificarse de cinismo irreverente y anacrónico.
“Inflaba el pecho con tal brío que a punto estaba de reventar los botones de la blusa. La fuerza de carácter no era incompatible con la feminidad: ahí estaba la maravillosa prueba”. “El roce de pieles lo dejó tan caliente que de vuelta a casa llamó a doña Katia, la madame de un lujoso burdel de Polanco…”. “Antes de empezar cualquier amorío, cualquier hombre que se preciara de serlo debía establecer un principio de autoridad: grábatelo bien, mamita, me necesitas más a mí que yo a ti”.
Para un lector honesto, sobre todo varón, educado en el México de la preponderancia masculina, es casi imposible negar la apelación categórica a ideas y sentimientos arraigados desde la tabla rasa de la infancia.
Serna reproduce, en un lenguaje descarnado y preciso, las sentencias populares del inculcado señorío del hombre sobre la mujer, expresadas, de manera sutil o rotundamente descarada, en la familia, medios de comunicación, amigos, escuela, cantinas, canciones, etc.
“Ya estaba preparando la huida, la muy cerda… Su madre tenía razón, Natalia tenía tatuado el signo de pesos en los glúteos”. “Para efectos disciplinarios, una buena cogida era más eficaz que cien latigazos…”. “Primer mandamiento: no dejarás en manos de las viejas ningún símbolo de poder”.
II
Pero al igual que en “El Seductor…”, donde la imagen chocante y atractiva de Santa Ana llega a explicarse por el entorno del México convulso de la transición entre la Independencia y la Reforma, etapa en que el general es chivo expiatorio de una clase política degradada, el simpático y repulsivo Carlos Denegri es proyección individual de un sistema recién establecido sobre el patriarcado y la corrupción.
“Así eran las reglas del juego y él no las había inventado, sólo las perfeccionó con más habilidad que ningún otro reportero”. “Cuando alguien ejerce un poder sin límites, no vacila en emplear toda la fuerza del Estado para cumplir un capricho erótico”.
Y en este régimen pendiente del autoritarismo, las formas, esenciales al convencimiento de los gobernados, llevadas al extremo de la sacralización presidencial, el jefe en turno radiante y sin mácula alguna, caían estrepitosamente bajo la mano férrea ejercida sin piedad contra cualquier acto de disidencia.
En Denegri, la revuelta interna que lo desnudaba, que ponía al descubierto la vileza de su carácter, fue la enfermedad que siempre lo sojuzgó: su incontrolable y nefando alcoholismo.
Pulcritud física y cochambre moral, talento periodístico depurado en mercancía onerosa, romanticismo encantador y agresividad misógina, el reportero impertérrito de las ocho columnas de Excelsior cada año trataba de comprar el perdón de Dios con generosas donaciones a la Congregación de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, hundido en la culpa, asediado por la autoconciencia del fiero analista que emplea sus atroces instrumentos de disección en sí mismo.
Ante ese espejo sombrío de su “alma canallesca”, su hipocresía católica y sus fallidas promesas de enmienda, Denegri filtraba su fracaso íntimo en un melodrama estrambótico, propio de las películas lacrimógenos de Ismael Rodríguez, ícono del “cine de oro”, marco de la educación sentimental del México posrevolucionario.
En “El Vendedor de Silencio” algunas luminarias de la época salen en cruce con Denegri: María Félix, una de las pocas actrices nacionales que podía ningunear una entrevista a la prensa; Gloria Marín, uno de los “trofeos” de Denegri, a quien el periodista hizo la salvajada de llamarla puta en público; Alfonso Reyes, visto en un burdel, “que tenía sentada en las piernas a una rubia en baby doll negro, a quien recitaba la égloga tercera de Garcilaso”; Julio Sherer García, discípulo y antítesis de Denegri, símbolo de la libertad de expresión, descrito socarronamente por Serna: “solo le faltaba un marco y una veladora para presidir un altar. No hablaba por hablar, de veras se la creía”.
Ante los eventos cruciales que ponían en jaque al sistema, “El Rey Midas de la Prensa” tampoco podía quedarse atrás.
Días antes de la represión estudiantil del 2 de octubre, Denegri, siempre vocero “no oficial” de la presidencia, lanza a los inconformes una amenaza que 51 años después sería objeto incluso de una denuncia penal, pero que en 1968 era recibida con beneplácito por la mayoría de la clase media y alta del país: “tengan por seguro amiguitos, que sus locas demandas se estrellarán contra la terca realidad. Si porfían en sus movilizaciones, aténganse a las consecuencias”.
A Denegri debemos también algunas de las expresiones más atinadas sobre la naturaleza del sistema del PRI, convertidas a través de los años en sentencias populares cuya autoría original se desvaneció: “la Revolución se bajó del caballo y se subió al Cadillac”, o “el cachorro de la Revolución”, escritas durante el mandato de Miguel Alemán Valdés (1946-1952).
Pero el trabajo de Serna, además de iluminar con el estudio y la ficción el pasado cada vez más distante y confuso, es una advertencia sobre el presente.
Del mismo modo que en “El Seductor de la Patria” es posible hallar las claves de la oscilación ideológica de un pueblo inducido por la conveniencia material, y del oportunismo corriente de los líderes que lo conducen, en “El Vendedor de Silencio” se encuentran los resortes simples, mundanos, del periodista que cobra por callar o celebrar las acciones del gobierno: el prestigio, el lucimiento mediático, el poder de influir en el público y los jefes políticos, la admiración de las mujeres (y los hombres), el enriquecimiento que compra favores, privilegios y aires turbios de realeza.
Pero la novela también llama, tienta, al mexicano que en el umbral del Siglo XXI aún responde con recelo y críticas acervas al feminismo que anuncia la imposición concluyente de la igualdad de la mujer, al “caballero” que en estado de ebriedad acusa de perfidia innata a las “pinches viejas”, al hombre que transfiere a la riqueza el tamaño de su autoestima, a quien basta una diferencia de ceros en la chequera para juzgar superior al rico y estúpido al pobre.
El mismo Enrique Serna admite en la “posdata” de su libro haber necesitado de su esposa para no sucumbir a la sombra incitante del periodista dislocado: “…su mayor mérito fue la paciencia que tuvo para lidiar conmigo, látigo en mano, cuando el protervo fantasma de Carlos Denegri me poseía”.
“El Vendedor de Silencio” trae en claro un pasado cuyas señales aún persisten en la relación contractual de gobierno y medios de comunicación, en la terrible violencia feminicida y la riqueza insultante fruto de la desigualdad.
La prolongación de un estado de cosas que muy bien podría definirse con una de las crudas sentencias de Denegri: “En la lucha por el poder y el dinero, solo juegan limpio los perdedores”.




