Como cada año, la gente de León se reunió en todos los panteones del municipio y comunidades aledañas para rendir tributo a sus fieles difuntos. Desde la medianoche del día anterior, cuando fue el Despertar de las Ánimas, encendieron sus velas y se dedicaron a recordar los buenos momentos que en vida gozaron.
Los cementerios visitados por los vivos que rendían honor, respeto y memoria a sus muertos fueron varios: el San Nicolás, quizá uno de los más concurridos. El Panteón Municipal, que desde la noche del 31 no dejó de recibir gente con eventos como “Mictlarte”, y por supuesto, los particulares como “Jardines del tiempo”. El San Sebastián, muy cerca de El Granjeno, también fue muy concurrido. Las criptas del Templo Expiatorio también tuvieron sus visitas, y por supuesto, los camposantos de todas las comunidades rurales.
Prácticamente cualquier morada de los muertos tuvo sus visitantes, quienes no olvidan la locución latina: “Memento mori” que significa “recuerda que morirás”.
Los cementerios, habitualmente grises y olvidados, Estuvieron repletos de flores, de músicos, de personal de limpieza, de canciones y vida. Familiares cercanos o lejanos aplaudieron a aquellos que los dejaron en algún momento.
El festejo a los muertos en la capital del calzado tiene sus características particulares. Sobre eso lo detalla Rodolfo Herrera en su libro “Las expresiones de la muerte en León”, quien recuerda que desde tiempos del Porfiriato la gente se congregaba en la plaza principal para celebrar. Ya desde ese entonces había puestos multicolores alrededor del palacio de Presidencia y se adornaba con un rebozo multicolor hacia los portales. Algunos de los primeros puestos eran de las señoritas Camerina, Altagracia y Josefina Moreno.
Hoy en día, el festejo de muertos sigue, paradójicamente, muy vivo.




