
El día amaneció nuboso y frío. Al paso de las horas amainó el ambiente y el sol salió radiante, iluminando la cañada.
Era ocasión de asueto y expectación: casi todos iban a la apertura de la presa, entre familias, novios, comerciantes, la banda y vigilantes.
Los lugareños acudían por las laderas del Paseo de la Presa, sin quitar de sus manos los teléfonos celulares con que comenzaron videos y fotografías, que se comunicaban por las novedosas e imperantes redes sociales.
Iban cargando niños al hombro y, otros, entre sus manos llevaban las canastas y bolsas de alimentos, además de refrescos y aguas frescas.
Tenían que llegar a tiempo y ganar buen lugar en las inmediaciones de la presa.
Las multitudes poco a poco fueron invadiendo los lugares, llegando por cientos, transportados en sus automóviles que no encontraban dónde estacionarse; otros, descendiendo de los autobuses urbanos.
Risas y alegría se compartían. Comerciantes ambulantes y semifijos ofrecía sus productos al paso de los parroquianos: “mire, mire, llévelo, llévelo, bara, bara…”
Había puestos de antojitos instalados en las orillas con fritangas de gorditas, enchiladas, tacos, tortas, tostadas, quesadillas, duros, guacamayas, fruta picada, hasta ropa, entre otros.

En tanto, elementos policiales y de vialidad imponían el orden y guiaban a los paseantes.
Mientras, los chiquillos intrépidos corrían libremente por los jardines del parque, donde también se escondían los novios que se comían a besos.
Gritaba la madre: “Cuca, dónde andas…” -ándale, ya los cacharon, decía otra.
Las comadres se pasaron horas de espera hablando y los compadres se invitaron six de cervezas…”push, cómo no…salud”.
A paso lento llegaron los abuelitos, algunos con bastón, y empezaban a platicar la tradición de la apertura.
La banda
Y los chavos de la banda se hicieron notar a su paso lento y acompasado con sus tenis multicolores de agujetotas desamarradas y sin calcetines, portando sus gafas oscuras antireflejantes, pantaloncillos cortos en colores chillantes, playeras negras talla extra grande, desmangadas, con estampas de calaveras, escondiendo miradas también con gorras beisboleras desproporcionadas y masticando chicles, identificándose como “Los Machines”, quienes al pasar se encontraron y chocando puños, saludaron a sus camaradas sudorosos, con pelos relamidos de esos renegridos: “Quiúbole güey… qué onda, cuál paro…”
La apertura
A las 13:00 horas llegó el momento esperado, cuando las autoridades locales y estatales, entre “baños de pueblo” y rechiflas, levantaron sus pañuelos blancos en señal para la apertura de las compuertas.
Entonces, surgió un estruendo con la caída de la inmensa cascada, cuya brisa refrescó el ambiente.
Y un “…aaah ” de sorpresa acompañado por otro “…wowhhhh…” se escaparon a coro de los asistentes, mientras sonaban acompasadas las notas del vals “Sobre las Olas”, por ejecutantes de la banda del Estado.
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