La familia y la escuela, son instituciones fundamentales que necesitan atención y análisis profundo, para que mantengan el conjunto de atributos que ha permitido a la sociedad mantenerse a flote. Previo a ocuparnos de ellas, es necesario entender que se desarrollan en un ambiente cambiante y eso contribuye a dejarlas de lado, especialmente cuando la sociedad no está en aptitud de entender dialécticamente su desarrollo.
La familia es la continuación de período de gestación del ser humano, en cuyo lapso, habrá de dosificarse el cuidado para proteger el desarrollo del nuevo ser, a quien deberá prepararse para convertirse en ciudadano, con las virtudes suficientes para hacerse cargo del roll que jugaron sus padres o quienes de él se responsabilizaron. Es necesario advertir que la familia ha cambiado con el paso del tiempo y, de manera especial, con la transformación económica de la sociedad.
Los individuos que formen parte de la sociedad para garantizar el desarrollo de las generaciones venideras, habrán de de cultivar dos valores: la empatía y la solidaridad. No puede haber padres preparados para serlo, si carecen de la convicción de valorar a todo ser humano, como su semejante, con quien habrán de compartir la responsabilidad de propiciar una existencia pacífica y feliz.
No podrá subsistir una sociedad incapaz de compartir los bienes para garantizar el desarrollo del ser humano, en sus potencialidades de ser libre y feliz.
Es tiempo de trabajar, para que los seres humanos con quienes convivimos, sean capaces de practicar la empatía sin presiones, por haberla incorporado a la existencia, como forma de vida; lo mismo ha de ocurrir con la solidaridad, si logramos hacer de la especie, motivo de culto. Para avanzar en ese sentido, debemos despojarnos de prejuicios derivados del egoísmo y la disputa por la supremacía; cuando comprometamos nuestra felicidad con la del prójimo, y nuestra libertad derive de la práctica permanente de los valores, habremos alcanzado el objetivo deseado.
Empero, la familia y la escuela, deberán convertirse en garantes para el desarrollo de la especie. Los gobiernos, instrumentos del Estado para alcanzar la paz social, habrán de dictar leyes capaces de proteger a la familia y a la escuela, de los efectos lesivos de la enajenación. Hemos llegado a límites inimaginables, en la destrucción del tejido social. Para intentar normar la vida familiar, el Estado, debe avocarse de inmediato a que sus órganos trabajen para auxiliar a las formas tradicionales de familia y escuela, al tiempo deberá hacerse cargo de quienes no tienen ese cobijo. Atender las necesidades corporales y espirituales, para regirnos por normas inspiradas en valores fundamentales, es un imperativo para contener la violencia que asfixia.



