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Sangre liberal

‘Un capítulo en México’

‘Un capítulo en México’

Tepeji del Río. 3 de Junio. 1861

El día era caluroso, los soldados lucían agotados, mal alimentados y con uniformes gastados que mostraban las señales inequívocas de  batallas perdidas.

Caminaba delante del pelotón, con la espalda recta, limpiándose el sudor de la frente. Don Melchor Ocampo, un liberal famoso, el pilar más fuerte del trabajo de Benito Juárez, recio, firme, misterioso y aparentemente incansable, ese hombre, se dirigía hacia su muerte.

Días atrás, un grupo de rebeldes le secuestraron. Deseaban vengarse por la derrota de los conservadores y la vida de Ocampo valía cualquier riesgo. Pronto se corrió el rumor y comenzó una búsqueda inútil por los montes, entonces decenas de personas abogaron por su vida, le respetaban y se imaginaban las consecuencias que traería su asesinato, aun así, los generales conservadores: Leonardo Márquez y Félix Zuloaga, hablaban del futuro de México y en el fondo se preguntaban, reprimiendo una sonrisa ¿quién sería el verdadero responsable por la muerte de ese hombre?

-¿Falta mucho para llegar?- preguntó Ocampo, pasándose la mano por el cabello y clavando una mirada compasiva en el oficial que dirigía el pelotón de fusilamiento. -Creo, que este lugar es bueno. Para la razón a que venimos, éste es un buen lugar. ¡Formen!- la orden del oficial se cumplió en el acto y las palabras naturales a la orden ni si quiera fueron dichas, los soldados corroboraron sus fusiles y apuntaron hacia el prisionero.

-Mire- Ocampo se retiró la chaqueta y de su bolsa tomó diez pesos –éstos déselos a quien me pegue bien.

-Arrodíllese- dijo el oficial a Ocampo, éste le miró demostrando lo que una vida como la suya llega a formar, de cualquier forma, estaba listo para morir.

-¿¡Para qué!?- pregunto Ocampo, cambiando su mirada compasiva por una fiera, indomable e impulsiva como había sido su vida -estoy a la altura de los fusiles.

Los soldados observaron al prisionero, “las botas son mías” dijo uno que usaba un calzado destrozado por las marchas. Ocampo sintió lástima, esos hombres llevaban siglos engañados por curas y por supersticiones, ignorantes, bajando la cabeza sin preguntarse porqué, sin atreverse a señalar al responsable de su pobreza, de su dolor y desgracias. Continuando una guerra que tenían perdida desde hacía tiempo, suspiró al recordar la cantidad de sangre que costaba dar forma a México.

-¡Fuego!- el sonido de la descarga ocultó la voz del oficial mientras que el cuerpo de Ocampo se desplomada. Los perpetradores observaron el cuerpo sin vida de su víctima y aquel que apartara su pago, se apresuró a tomar las botas del muerto. No conformes con la villanía, los conservadores colgaron el cadáver de Ocampo en un árbol, donde pudiese ser visto con facilidad, meciéndose con el viento en un espectáculo perverso.

Horas después, el oficial a cargo del crimen regresó con su general Márquez que aún conversaba con Zuloaga… -Mi general, la orden ya está hecha y fusilado el señor Ocampo.

Los jefes conservadores se quedaron en silencio, hasta que Zuloaga se levantó de su asiento… -Han cometido un crimen. Diga usted quién ha dispuesto ese fusilamiento.

Márquez levantó los hombros dando una excusa, lavándose las manos como Pilatos con Cristo; -me he de encargar de averiguar quién es el responsable; ¿quién lo ordenó?- fue una pregunta sin respuesta.

El oficial que acompañase a Ocampo hasta sus últimos momentos, mientras buscaba en sus bolsillos unos cigarrillos que guardaba para las noches de insomnio, se encontró con una carta que Ocampo escribió antes de empezar la marcha al paredón y al leer las primeras líneas, el cigarrillo resbaló de sus labios y sintió una extraña sensación en el pecho que no pudo explicarse.

“Me despido de todos mis buenos amigos y de todos los que me han favorecido en poco o en mucho y muero creyendo que he hecho por el servicio de mi país cuanto he creído en consecuencia que era bueno”.

Melchor Ocampo.

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