Hace unos días circuló un video en el cual una mujer encaró al Presidente de la República; y lo cuestionó porque había retirado los recursos que el Conacyt destinaba a apoyar a los alumnos que asistirían a una Olimpiada de Matemáticas. A esto, Andrés Manuel López Obrador, respondió con rapidez y claridad que eso no era correcto. La mujer reviró diciendo que ella tenía otros datos; y, de nueva cuenta, el presidente López Obrador repitió que él también tenía otros datos y que la afirmación de la mujer era falsa. Esta ha sido una respuesta recurrente del jefe del Ejecutivo cuando se le presenta información con la que él no concuerda: yo tengo otros datos.
Cuando hablamos de datos, es inevitable recurrir al concepto de estadística. Según el autor David Ruiz Muñoz, la estadística es una ciencia, cuyo objetivo es reunir información cuantitativa para analizar datos, darles significado y poder prever lo que podría suceder en el futuro. Este autor cita una definición de estadística que está relacionada con la ciencia que tiene por objeto aplicar las leyes de la cantidad a los hechos sociales para medir su intensidad, deducir las leyes que los rigen y hacer su predicción próxima. Es decir, si la estadística es ciencia, tal como la define la Real Academia Española, estamos hablando de conocimientos que provienen de la observación, que están sistemáticamente estructurados, y que deducen principios con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente.
Por lo tanto, sería difícil tener “otros datos”, de temas que provienen de la observación, que han sido sistemáticamente estructurados, que deducen principios y leyes generales, que tienen capacidad predictiva y que son comprobables experimentalmente. El problema radica en el desconocimiento del origen de los datos y de los datos mismos. Es decir, si no tenemos acceso a las series de datos sobre los distintos temas, si no conocemos la metodología por medio de la cual estos datos fueron extraídos, si no podemos trazar una tendencia de esta información, sería difícil poder utilizarla para hacer inferencias y poder tomar decisiones con base en ella. Siendo así, es fácil que alguien con información – o inclusive sin ella – pueda tratar de convencernos de una idea que carece de sustento.
Para estar un poco más preparados, el economista Jonathan Heath, escribió el libro “Lo que indican los indicadores, Cómo utilizar la información estadística para entender la realidad económica de México”. En el prólogo del texto, Eduardo Sojo, quien fuera en ese entonces Presidente de la Junta de Gobierno del INEGI, señala que, “quien recibe la información que se genera, puede hacer un mejor uso de ella, si tiene acceso a las herramientas y los medios técnicos para usarla, pero sobre todo, si cuenta con una cultura estadística que le permita hacer un uso juicioso de la información que tiene a la mano a efecto de convertirla en conocimiento, de usarla a su favor, de utilizarla como insumo para tomar decisiones que le permitan lograr sus objetivos en lo individual y en lo colectivo”.
Hoy contamos con bases de datos robustas que emiten información periódicamente. En primera instancia, debemos exigir que la información siga generándose de manera oportuna, transparente y, sobre todo, que siga siendo pública. En segunda instancia, tenemos la responsabilidad de prepararnos y analizar los datos que se generan para, como lo enfatiza Eduardo Sojo, convertir la información en conocimiento y utilizarla para tomar decisiones en lo individual y en lo colectivo. No podemos permitir que nos digan que hay “otros datos” para tratar de convencernos de una realidad que no lo es. Atendamos al concepto de estadística. Si proviene de la observación, si está sistemáticamente estructurada, si está basada en principios y leyes generales, y si es comprobable experimentalmente, entonces esa es la realidad.




