Asociado inexorablemente con el autoritarismo, un dictador es por definición aquel gobernante que asume todos los poderes del Estado, enajenado por decisión propia de cualquier control constitucional o legislativo.

De acuerdo con Mario Vargas Llosa, escritor peruano, cuando vino a México, por invitación de Octavio Paz (septiembre 1990) y con amplia libertad puso al Gobierno mexicano como otro ejemplo de dictaduras latinoamericanas, en el estudio de televisión donde se desarrolló el debate “El Siglo XX: la experiencia de la libertad” y tomando en cuenta que la trasmisión era por cable, Vargas Llosa habló de política y dijo:
– “Espero no parecer demasiado inelegante por decir lo que voy a decir, continuó. Yo no creo que se pueda exonerar a México de esa tradición de dictaduras latinoamericanas. Creo que el caso de México, cuya democratización actual soy el primero en aplaudir, como todos los que creemos en la democracia, encaja en esa tradición con un matiz que es más bien el de un agravante.”

– “México es la dictadura perfecta”
La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la Unión Soviética. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México. Es la dictadura camuflada. Tiene las características de la dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido.
Para millones de personas, incluyendo a muchos intelectuales europeos, norteamericanos y, desde luego, latinoamericanos, Fidel representaba algo muy especial: una alternativa, una posibilidad, una vía de escape heroica de un mundo, a su entender, terriblemente grisáceo, injusto y humillante. Todo fue una ilusión. Lo mismo sucedió recientemente con Chávez y ahora con Nicolás Maduro en Venezuela

En México Porfirio Díaz gobernó México como un autócrata desde 1876 hasta 1911, exceptuando el periodo de 1880 a 1884, cuando nominalmente el poder estuvo en manos de uno de sus colaboradores. Bajo este periodo, conocido como porfiriato, se dieron importantes avances en el desarrollo económico y comercial: nuevas plantas industriales, extensión de las vías de ferrocarril, obras públicas, mejoramiento de puertos y construcción de edificios públicos. Hubo abusos y prebendas eso es ineludible, además de inestabilidad en varias zonas del territorio nacional, pero nunca como en Cuba o en la Venezuela actual.

México vive un momento de crisis. Crisis política, financiera, en seguridad en sus finanzas, de credibilidad, pero sobre todo de valores, si valores.
Ya ningún partido político tiene credibilidad. Todos forman parte de un juego de sustitución. De un carnaval de máscaras, las cuales se intercambian de acuerdo con el escenario y el rol que les conviene.
Hoy hay muy pocos personajes que cuentan con valores adecuadas para seguirlos, para ser verdaderos líderes.
El PRI hizo un gran esfuerzo. Algo que en medicina conocemos como apoptosis (muerte celular programada). Aunque pareciera un caos esto ha sido un proceso ordenado y que conlleva a su extinción ante provocaciones extra o intra partidarias. Es fundamental en el desarrollo de órganos y sistemas políticos, en el mantenimiento del equilibrio del número de integrantes y en la defensa frente a fuerzas destructoras.

Así, en forma decadente han propiciado que, ante la falta de candidatos adecuados, solo se muestre una salida. Pero deberemos tener cuidado, pues el sendero que se nos muestra y que parece más sencillo, nos conduce a un retorno: la dictadura, llamada perfecta.
Juego y apuesta en un candidato al que se ha mantenido lejos del olvido. Un verdadero lobo con piel de oveja, que se sostiene mediante el chisme, la manipulación de personas, de redes sociales y obviamente del mismo Gobierno, se alimenta de lo negativo y confuso.

Retomando las palabras mencionadas al principio de este artículo, muchos mexicanos, incluyendo intelectuales, no solo nacionales, también del vecino país del norte y del otro lado del Atlántico han considerado a Andrés Manuel López Obrador como una alternativa, un escape de un sistema gubernamental terriblemente gris, sumamente injusto para la mayoría y corrupto, pero que él mismo ha formado parte desde el principio.
Es más de lo mismo, pues nuestra sociedad, insisto, no está preparada ni organizada para contener este alud que convertido en talud se nos viene encima.
No habrá cambio y los partidos políticos son uno solo con diferentes máscaras.
Es solo una ilusión.
¡Hasta la próxima!

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