“Los restauradores somos unos románticos, pues queremos mantener los edificios intactos”,Salvador Zermeño.

Actualmente, destacan dos templos leoneses de la Zona Centro que se están restaurando: la Catedral, y el del Inmaculado Corazón de María, diseñado por Luis Long. Las labores para recuperar dicho patrimonio histórico son una mezcla del valor de la mano de obra y el rigor académico, ambas igual de importantes.

Algunas de las personas que trabajan en la restauración, explican los retos y pormenores de su trabajo.

INMACULADO CORAZÓN

El templo del Inmaculado Corazón, cuya construcción fue de 1901 a 1906, fue diseñado por Luis Long, arquitecto británico que dejó una importante huella en el Bajío a principios del Siglo XX. Quien se encarga de su restauración es Salvador Zermeño, quien además de estar al frente del Centro de Investigación de la Universidad de León (UDL), es especialista en la obra de Long y experto en restauraciones antiguas.

“Las canteras que usamos son de Ibarrilla. Hay varios bancos de canteras, y el único que está permitido por el INAH es de dicha comunidad, porque hay canteras demasiado suaves y otras muy duras que no permitirían el tallado. Por ejemplo, el del inmaculado es un estilo ecléctico, y para lograr el estilo se requieren de esas canteras”, apunta Zermeño.

Con el paso de los años, la piedra perdió las propiedades de cohesión, y se fracturó. Lo que se encontró después de pruebas de laboratorio, fue que las piedras están pulverizándose, por lo que fue necesario un sistema de inyección para la cohesión de las piedras. Eso es lo que se está desarrollando actualmente.

“El templo tenía casi cien años sin mantenimiento. En los años setenta se le colocó un barniz que fue negativo, porque los materiales necesitan respirar, en el sentido de que deben sacar las sales de agua. Tuvimos que retirar el barniz, y esto es un proceso sumamente delicado. Esta etapa se le conoce como consolidación: cambiar el menor número posible de piedras originales por nuevas, a menos que la piedra nueva esté destruida, pues eso pone en riesgo las funciones del inmueble”.

“Los restauradores somos unos románticos, pues queremos mantener los edificios intactos a sabiendas que va a transformarse inevitablemente. Por eso tratamos de consolidarlo, todo partiendo de pruebas químicas”, concluye el arquitecto e investigador.

LOS “CANTEREROS”: HÉROES ANÓNIMOS

 Otro templo es el de la Catedral Basílica Metropolitana de la Madre Santísima de la Luz de León, conocida simplemente como “la Catedral”, que comenzó a construirse en 1760, cuando se colocó su primera piedra. Actualmente está en plena restauración.

Frente a la Catedral hay una serie de andamios amarillos que ascienden hasta los 18 metros. Allí trabajan los albañiles, pero no son de cualquier clase, sino los “cantereros”, es decir, quienes se enfocan en las piedras extraídas de las canteras.

Su trabajo no es nada sencillo, pues requiere tanto de habilidad física como de concentración. Valiéndose de un arnés, deben darle forma a las piedras de cuatro siglos a 18 metros de altura.

Entre los restauradores de la catedral está Jorge, quien cuenta su rutina diaria:

“Empezamos a las 8:00 de la mañana y terminamos a las 6:00. Tenemos que irnos rápido, quizá acabaremos en dos meses más. Al principio sí le tenemos miedo a las alturas, pero nos mentalizamos, porque necesitamos chambear. Además de ponernos un arnés usamos otra cuerda, que es la línea de vida. Se amarra en los andamios, para poder andar más libres y podernos desplazar. Vamos hasta más arriba, donde hay piezas que están muy deterioradas”.

Las quince personas que trabajan en la Catedral, por un lado, y los que trabajan por otro, en templo del inmaculado, son la fusión de rigor académico y valor: ambos necesarios para la restauración histórica.