Febrero de 1910, Valle Nacional, Oaxaca.

Al abrir los ojos, me doy cuenta: nada ha sido un sueño, sigo en este maldito infierno rodeado de mierda.

El sol ni si quiera ha salido y ya me he calzado las botas, me acompañan el resto de mis compañeros que, como yo, nos hemos vuelto insensibles a lo que vemos. Entramos a las barracas para despertar a los trabajadores, los jefazos insisten en que no debemos de llamarles esclavos, porque las apariencias son lo que más importan.

Se han acostumbrado tanto a la rutina que ya ni si quiera debo vociferar para hacerles salir, ni si quiera echo mano al revolver que llevo en la cintura. Al escuchar la puerta se ponen de pie y salen de la barraca rumbo a los campos de tabaco. Los veo desfilar, es una marcha mortuoria, muchos de ellos son niños sin hogar ¿a quien le importa donde terminó el niño que pedía limosna en tal o cual calle? A otros los engañaron para venir a trabajar aquí se les inventa una deuda impagable y mágicamente se convierten en propiedad del patrón y otros, quizá los más desgraciados, han sido llevados ahí por molestarle a alguien con poder. Sí, Porfirio Díaz es un verdadero desgraciado, pero lo eran más aquellos que se ‘pavonean’ diciendo sus amigos.

El Presidente, el Gobernador y los Alcaldes saben bien lo que pasa aquí, a nadie le importa un carajo mientras de ganancias.

Hombres, mujeres y niños entran en los campos de Tabaco, muchos de ellos ya se encuentran en las ‘últimas’ y no es raro ver caer a varios por agotamiento, basta con verles para saber que podríamos darles de latigazos para que se pusieron de pie pero no tiene caso. Los recién llegados nos miran y exigen que les ayudemos, los que tienen más tiempo no dejan de trabajar -¡¿no ve que se está muriendo?!- me dijo un hombre que llevaba cinco días en el Valle, le mire furtivamente y en un movimiento que no pudo evitar, le desprendí un par de dientes de un puñetazo. La respuesta fue certera y mientras escupe sangre, regresa a trabajar.

La muerte es lo más normal de aquí, los trabajadores no sobreviven más de seis meses, trabajan de sol a sol y se alimentan de sobras que incluso los perros desprecian, pero nunca baja el número, aquí trabajan alrededor de 15,000 personas, repartidas entre las más de 30 de haciendas donde los dueños son extranjeros, yo sirvo al señor Rodríguez, un hijo de perra que si pudiera vendería a su madre por un buen precio.

Procuramos no golpear demasiado a los trabajadores, aunque a veces es inevitable, en una ocasión, uno de ellos intentó arrebatarme el arma, fui más rápido y de un sablazo le corte la mano, no me enorgullece aunque se que tuvo su efecto, desde entonces ni uno de ellos se atreve si quiera a mirarme y lo prefiero así, además, las ordenes es dejar que se mueran de hambre o cansancio, matarlos sería una pérdida para el patrón, cada uno de esos infelices cuesta 45 pesos y vale más que trabajen hasta morir, después el jefe ordena traer otros.

Varios han tratado de escapar sin entender que es imposible, cualquiera que les vea les regresará a patadas en el culo hasta su dueño, morirán extraviados o alguna bestia feroz terminará por tragárselos, no, nadie sale con vida del Valle de la Muerte. Me pregunto si la gente de la capital sabrá de este legado de don Porfirio, le aplauden y le llaman ‘visionario’ por sus magnas construcciones y aquí, le llaman de maneras más blasfemas.

Después de 18 o 20 horas de trabajo, cuando el día ha terminado, los trabajadores regresan a las barracas. Arrastran los pies, muchos de ellos sangran y miran sus heridas con terror, sin atención médica, pronto se infectarán, se llenarán de gusanos y morirán a causa de la fiebre. Comen frijoles, tortillas y en ocasiones pescado, todo en mal estado. Mientras ordeno cerrar las puertas escucho el llanto de unos niños, desearía entrar y rajarles el cuello, eso sería mejor a que pasarán un día más en los campos.

Al regresar a mi habitación, me libero del peso del arma, la dejo a un lado de mi cama, cargada sin duda. Dejo que las sombras de la noche borren las atrocidades del día y me preparen para soportar un día más en este infierno.

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