Murió el gran cantautor y poeta argentino que iluminó nuestras vidas con sus canciones y que puso muy en alto en nombre de Latinoamérica.

         Él nació en Rancul, La Pampa, el 11 de marzo de 1940… y murió en Madrid, España, el 4 de abril del 2019.   Su nombre real era José Alberto García Gallo.   A los 6 años, su mami lo ingresó a un Conservatorio, y sus primeras canciones las escribió a los 12 años.   A los 17 fue cantante en una orquesta.  A los 18 toma su nombre artístico, se independiza de su padre, y abandona la carrera de derecho para dedicarse de lleno a su vocación de cantor y músico.  En 1960, se va con Hugo Díaz a Génova, Italia, con un contrato de 6 meses, y luego a Amberes, Bélgica, donde graba su primer disco “Sucu Sucu” y allí conoce a su futura esposa:  Renée Govaerts.

         Al investigar su biografía, me impresionó ver cuántos fracasos tuvo, y su insistente perseverancia, hasta que alcanzó el éxito, en 1967.

         Sus 10 canciones más conocidas, son:  “Me lo dijo Pérez”, “Cuando un amigo se va”, “El Abuelo”, “Distancia”, “Mi árbol y yo” (usada en México para fomentar una campaña nacional de forestación en 1971), “Camina siempre adelante”, “En un rincón del alma”, “Nanas de la cebolla” (donde musicalizó obras de Lorca, Machado y Miguel Hernández); “Callejero”, “Castillos en el aire” y “Cuando un amigo se va”.

         Quiero compartir un texto de Andreas Zanetti, un showman jalisciense, que escribió esto tan lindo, entremezclando las letras de sus canciones y su sentir… nuestro sentir… (las frases entre paréntesis, son mías):

“Dicen que Alberto Cortez se fue porque ‘no era ni de aquí ni de allá’.  Dicen que se quedó ‘en un rincón del alma de todos nosotros’.

         Dicen que fue dejando a su paso ‘miguitas de ternura’ y que se alejó acompañado de un perro que ‘era nuestro y del viejo Pablo’.

         Dicen, quienes saben, que se fue a vivir ‘la mitad de su muerte’.

         Cuentan que prometió que ‘nos llegaría una rosa cada día, pero que sólo llegaría a aquellos que tienen fantasía’.

         Dicen que ‘tuvo mucha suerte de nacer’.  Tanta, ‘como para estrechar la mano de un amigo y poder asistir como testigo al milagro de cada amanecer’.

         Alberto Cortez, se lleva un poco de la muerte de nuestro abuelo, del no despertar jamás de nuestro perro; de perder la inocencia en una tarde de verano, bajo la sobra de un árbol… de mi árbol.

          De cuando le dije a mi padre que me iba a echar a volar y a partir de ahí, me puse a caminar… siempre adelante sin ofender a nadie, llorando por razones enormes, como cuando un amigo se va.

Por eso, a partir de mañana, empezaré a vivir la mitad de mi vida y la mitad de mi muerte…

(A partir de hoy, comenzaré a “construir castillos en el aire” y a esconderme en “un rincón del alma” cuando lo necesite…)

Gracias maestro Alberto Cortez, junto con Serrat, Sabina (y Facundo Cabral) unos de los cantautores y poetas favoritos de nuestra infancia y juventud.

Descanse en paz, un poco de nosotros se va con él y un mucho de su filosofía se quedó con nosotros.”

         ¿Bellísimo, verdad?  ¡Saludos, querid@s lector@s!